miércoles, 25 de enero de 2012

Duque de la Juárez 2

Respeto
Por Kache Ramírez


Este cómic vale más que todo
lo que aparece en su portada.

Hay que tener en mente que ya casi nadie puede decir que no le gustan los cómics. De hecho el despistado que por ahí, quisiera lanzar injurias contra cualquier lector de cómics que exhibe su gusto por hacerlo, quedaría en ridículo. Las probabilidades de que a una persona le guste alguna historia que nació de un cómic en esta década son más altas que en ninguna otra. Los años 2000 y el CGI han asesinado la figura del nerd lector de cómics reprimido. Los bullies tendrán que buscar sus víctimas en otro lado (probablemente en la clase social, el género o la inclinación sexual; esas nunca fallan). Solo existen lectores de buenos cómics y de malos cómics.

¿Quién sabe? tal vez un cómic que algún valiente publicara en Geektropolis podría volverse un día serie de televisión y luego saltar al cine.

Como yo lo entiendo, nosotros somos los nietos que crecieron en una larga paz simulada (o una larga simulación de paz). Somos lo que pasó después de los créditos de una película de acción, del taquillazo del verano de 1945, donde ganaron the good guys, venciendo a la gente mala para regresarse a su casa a contar sus historias que servirían como recordatorio para no dejar caer a ninguna sociedad en el timo de una(s) mente(s) productiva(s) y de discurso seductor. Para conmemorarlo, el mundo occidental dejó teóricamente los canales abiertos para que la gente se pudiera comunicar... y bueno, la comunicación tenía que dirigir a la tolerancia, al diálogo, a la razón, y a todas esas cosas que en Latinoamérica encontramos muy seguido como obtusas y tachamos de petulantes.

En ese caldo de cultivo de ideas y hasta la fecha, donde vivimos una decadencia que se dejó venir apresurada, los cómics se han desarrollado hasta volverse parte de la cultura popular de casi cualquier país. Una herramienta más donde la gente puede expresarse y exponer sus ideas.

Durante décadas hubo adaptaciones que no alcanzaban el respeto de la gente, simplemente porque el elemento heroico de un personaje de cómic llevado a una cinta o serie de televisión, se veía mermado por los efectos especiales que simplemente no podían poner en pantalla los poderes y situaciones alrededor de un héroe épico. Y ese problema perduró por años.


Tengo manita, no tengo manita...
También hay muchos casos a la inversa. Pensemos en Vampire Hunter D, que nació siendo una novela y ha dado su salto a ser adaptado a Manga desde ese formato. También series de televisión o películas con temas cercanos a la cultura regularmente relacionada con los cómics como Buffy the Vampire Slayer que tienen una larga vida aún después de que el formato original es cancelado. Casos como las novelas de True Blood, vieron primero su adaptación en serie de televisión y luego, en cómic. Las historietas son un formato amigable para el productor que acepta de todo, dónde se puede experimentar y no hay que limitarse por presupuesto 
Fue lo más cercano que pudimos conseguir...
al dotar a un personaje con súper poderes, cambiar de escenario a cualquier parte del mundo, escenas que pasan de día o de noche, la edad de los protagonistas, locaciones o conseguir un Ford Topaz del ’88 de color morado y motitas amarillas que pueda ser conducido por un perro salchicha mientras habla con una deidad Hindú.


Entonces ¿En que se están convirtiendo los cómics? No creo que podamos decirlo con exactitud. La cosa está mutando y parece que estamos a la mitad de una evolución y dudo que nosotros, en esta generación de saqueadores culturales a la que pertenecemos, vivamos lo suficiente para verla y analizarla con la crítica que da la distancia.

Tomaré como punto de partida la publicación del cómic de Superman como el arranque del cómic de superhéroe moderno. Le pediría a cualquiera que quiera dedicarle un rato a leer esto que tome esa convención que bien podría no ser cierta, mas para un lector de cómics ocasional como lo soy yo y como lo ha sido casi todo el mundo en algún momento de su vida, es una referencia clara que nos pone en la misma línea temporal. Pero ¿Qué podría interesarle entonces a un lector ocasional esto de los cómics?

¿Otra vez estoy en Geektropolis?
“I've no objection to the term 'graphic novel,' as long as what it is talking about is actually some sort of graphic work that could conceivably be described as a novel. My main objection to the term is that usually it means a collection of six issues of Spider-Man, or something that does not have the structure or any of the qualities of a novel, but is perhaps roughly the same size.”


Alan Moore. Interview with Locus Magazine (2003).

Han existido adaptaciones en otros formatos diferentes al cómic basados en sus personajes por mucho tiempo; novelas, cine, animación, animación 3D, obras de teatro de Broadway, películas, radionovelas. Todo ha vendido y muy bien. Sin embargo todos los formatos enfrentan el reto de perder el elemento gráfico que lo hace tan atractivo. Todos menos el cine y la TV.

Entre otras cosas, los cómics son al parecer ensayos sobre una sociedad posible. Fotografías de un mundo que pudo ser y muchas veces atinan con una exactitud que solo sigue sorprendiendo a los más incrédulos. Después de todo, un cómic, al igual que la literatura, es un trabajo de deducción cuya relevancia nace de lo sensible de su argumento, no de lo ilustrado del tema (entendiendo argumento como el orden cronológico en el que decide el autor presentarnos la historia) por las emociones que puede evocar en sus lectores. Todo ya se ha contado una y otra vez, pero es la forma de hacerlo y la actualidad que vive el tema lo que nos sigue impulsando a querer saber nuevas versiones de problemas viejos. De no ser así, después de obras totales como Ilíada y La Odisea de Homero (del filosofo griego, no del gringo de Springfield) ya no se habría vuelto a escribir nada épico.

Los creadores de cómics están en las mismas camisas de fuerza en las que se han metido todos los escritores para seguir sorprendiendo e ilustrando con instantáneas de ficción a un público que esté dispuesto a exponerse a un trabajo. Cualquier gran historia aspira a comprender el mundo y acotarlo dentro de sus fronteras, y mientras que todo alrededor de la trama esté salpicado de algo de verosímil, el trabajo es un haiku, un aforismo de la realidad. Los cómics se vuelven casi ensayos cinematográficos de épicas griegas, comedias de Lope de Vega o dramas Shakespearianos en manos de alguien hábil. Las historietas tienen dibujos secuenciales; un elemento cinematográfico del que siempre van a carecer la novela, el cuento y los poemas épicos griegos y esto hace al cómic primo-hermano del cine, las artes escénicas y por tanto, más fácilmente adaptable a esos medios.

Las cintas basadas en cómics suelen reposar en camas hechas de billetes. En un abrir y cerrar de ojos la publicidad despojó al medio que los vio nacer de etiquetas que lo encasillaban en gusto infantil o de adultos con complejo de Peter Pan. Pero al parecer la cosa está regresando a ese pobre entendimiento del cómic.

Los personajes de cómic son una referencia universal (ósea de occidente) que vivieron los niños que ahora son adultos y las exponen a su vez, a sus propios hijos creando personajes de cultura popular. Las adaptaciones de cómics al cine son un intento de llevar a la pantalla grande problemas susurrados por todos pero que poca gente se da el tiempo de enfrentar leyendo un libro o viendo una película seria.

Algo que en su momento no me encantó de la adaptación de Watchmen fue que no se le dio el peso que merecía al tema del Tiempo. La historia de Moore se recarga por completo en el móvil: el hombre más inteligente del mundo, orquestra una forma de engañar al único ser casi omnipotente que ha conocido la humanidad manipulando lo que guarda en común con los mortales con los que convive, sus emociones, sacrificando la vida de millones de personas para así salvar a la humanidad de sí misma. En medio de esa trampa de arena moral, unos personajes que son poco menos que psicópatas caminan de la mano con la Deidad que se inventó Moore para llevar los acontecimientos a un final de tragedia que acaricia todas las esferas de la vida y el problema existencial que podría enfrentar una persona común que se levanta a llevar a sus hijos a la escuela e irse al  trabajo.

¿Sobre qué podrían ponernos a reflexionar las metáforas de Watchmen? ¿Sobre Dios? ¿El tiempo? ¿El amor? ¿El poder? ¿La violencia en nuestra sociedad? La respuesta es todas y bastantes otras. Podrían hacerse análisis de peso completo (y no dudo que ya los hay) sobre cualquiera de estos temas en la obra de Moore cruzándolo con conceptos académicos de Heidegger, Marx o Lacan. Más no así sobre la película, que se queda corta por una u otra razón y no obedece con fidelidad a la obra original. Con tres horas de duración sucedió lo mismo que sucederá con cualquier obra de Moore que se quiera adaptar al cine; pasó por dolorosas amputaciones, y en un colmo que parece sacado de la historieta Condorito, lo que decidieron evadir fue el tema metafísico que eleva el trabajo de Moore por encima de una obra de cómic popular, para irse por otro igual de difícil pero más fácil de vender por lo familiar que es para el público: el Poder en un mundo hundido en tensión geopolítica donde conviven dos superpotencias dominantes que tienen armas para destruir la civilización. Con esto lo que acontece no solo es que se priva al público de una obra que en dos películas y mostrado con más calma se habría logrado mejor, sino que deja la impresión en todo a aquel que no se quiera dar el tiempo para leer la obra original de que el formato de cómic no aborda esos temas y es un oasis creativo para contar historias lineales. Hace intuir al público que la cosa se queda en vigilantes enmascarados salvando al mundo.

La parte que a mí sí me gustó de la película de Watchmen es que se mostraron casi todos los personajes de la historieta con pocos tapujos, algo en lo que las adaptaciones de Nolan en la nueva trilogía de Batman han sido más afortunadas. Será por el estatus mítico del personaje de DC Cómics que el público está dispuesto a aceptar lo que le lancen. Desde las juguetonas adaptaciones de Tim Burton, pasando por las horrendas tonterías de Joel Schumacher el público se ha comido todo lo que le avientan que contenga al héroe de Gotham. Más lo que hace brillar a las obras de Nolan es la seriedad con la que se toma a los personajes. Tan solo el proyecto y el éxito comercial de la película son ejemplos de cómo hacer bien las cosas en Hollywood; es un estandarte para los cineastas de cómo comprometerse con los personajes de cualquier historia y hacerlos existir de verdad en su microcosmos.  Un acierto que ha tenido en mayor número de ocasiones Marvel al encargar los proyectos de Blade a Stephen Norrington, X-Men First Class a Matthew Vaughn, Iron Man a Jon Favreau, y The Incredible Hulk a Louis Leterrier. Todos tomando una actitud cinematográfica y de negocios seria ante proyectos que bien podrían haberse quedado en el camino como Captain America, Green Lantern, Thor y como al parecer lo hará The Avengers. Con estas últimas todo parece indicar que la adaptación de cómics de súper héroes al cine podría mandar el buen momento que empezó a atravesar hace 10 años la exposición de obras de tira cómica a un público amplio pero prejuicioso, directo al corral de malas costumbres de la industria dónde se encontraba hace 20 años.

¿Qué hacer para no regresar a estos malos hábitos? Precisamente lo que Nolan, Norrington y Favreau hicieron: tomarse la cosa en serio.


Encuentro la referencia de un cómic dondequiera que volteo, desde contenidos en los medios hasta movimientos en redes sociales como Anonymus. Con la posibilidad de publicar en internet, la oportunidad de exponer trabajos se vuelve mucho más verosímil para aquellos que se quieran meter en un proyecto y tengan la energía suficiente para terminarlo. Si bien es cierto que es muy fácil que el cómic se traicione y cuente historias con recursos que lo ponen en jaque a la hora de que sus detractores quieren o no meterlo en la categoría de arte (cayendo más cerca de la literatura que de cualquier otra, simplemente por el hecho de que hay que leerlo), o que impulsa a sus simpatizantes a excluirlo de una por ignorancia y de la otra por pudor, eso pasa con la misma frecuencia en la literatura y en el cine. El peligro está ahí y el mal camino lo toma el autor que le da la gana, y el público que lo lee es también al que le apetece escoger una obra sobre otra. El número de obras en el cómic es muy amplio y hay de todo. Definir al cómic como un arte es tan difícil como categorizar cualquier expresión de los últimos 50 años. Un laberinto sin salida (hasta la fecha) del que el cómic solo es un participante más. No creo que para los integrantes en la industria sea importante ser considerados artistas, artesanos o empresarios; simplemente por su potencial comercial, lo fácil de su distribución, lo barato de su producción y los fenómenos culturales que causa le asegura una larga vida y la atención de un público muy grande (en número y rango de edad). La vara moral en los cómics está puesta alto, altísimo. Pocos medios o géneros creativos se atreven a ser duros hasta la ridiculez en la actualidad como en los dramas clásicos como se hace en este formato, ganándose el respeto de la crítica pero aún más importante la atención del público. Pero el respeto también tiene que venir de los mismos lectores (consumidores) de cómics aprendiendo a resistir la tentación de leer/ver lo peor que este nicho creativo tiene que ofrecer, defendiendo a capa y espada trabajos que son sinceramente malos solo porque tienen buenos dibujos o son una orgia de efectos especiales. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario